II - Las rosas de Eduardo

No deja de ser paradójico que estos tenebrosos días sean los que estén iluminando los secretos más íntimos de nuestra herencia genética. Quizás sólo sea para arrojar más tinieblas a la oscuridad, porque desconocemos el resultado de manipular tan sutiles resortes. El Hombre puede descifrar su propio Genoma, sin embargo seguirá ignorando las razones de que haya detalles que trasciendan y otros pasen al olvido.

 

Como, por ejemplo, que se reconozca el eco de viejas historias del mismo modo que nos es familiar una melodía o un rostro. Dicen que el mundo de los sueños coquetea descaradamente con todo lo que nos sigue estando velado. El que esto escribe, humilde escribidor de cuentos y de alguna que otra poesía, procede de una vieja familia con muchos malos recuerdos, pero también con incontables historias contadas en muy contadas ocasiones (el lector sabrá disculpar mi sabida simpatía por los juegos fonéticos y de palabras) bajo la huidiza mirada del que no sabe lo que está contando realmente. Normalmente ven pasar el tiempo con indolencia, la misma con la que nos ven peregrinar por este Valle de Lágrimas, tal que si fuéramos los caballitos de un tiovivo; pero llega el día en que se desperezan y nos persiguen por los interminables y sombríos corredores de la mente, como el empalagoso amante que no comprende un adiós. Si los sueños y las pesadillas se deshacen al despertarnos, acaso porque la claridad del día es demasiado vigorosa para respetar su tenue tejido, estas historias a las que aludo, que pueden haber sido vividas en primera persona, se tornan aún más impenitentes, imperativas e impertinentes, como si fueran promesa de redención para alguien.

 

Así que no quedará inédita por mi causa. Se la dedico a todos los que hicieron posible que llegase hasta mí, salvando un abismo de siglos, junto con tantos y tantos otros relatos, que si Dios es servido de ello y parafraseando al maestro Bécquer, irán escapando por el escotillón de mi memoria, camino de la Eternidad.

 

Descendiente de Juan de Gante como yo, Eduardo de Westminster, hijo de Enrique VI de Inglaterra, es un lejano primo mío de la rama principal (no puede ser de otro modo hablando de “príncipes”) de la Casa de Lancaster (“Láncaster” en español). Llamado a suceder a su augusto padre, siendo por ello Príncipe de Gales, tuvo la desgracia de que su progenitor fuera víctima de la locura que suele atacar a algunos miembros de nuestra familia (triste herencia Capeto), puede que explicación última de la derrota en la Guerra de los Cien Años, en la que se perdieron las antiguas posesiones normandas y francesas. Dicen que Eduardo era un joven alto, de apariencia frágil y dado al ensimismamiento, no siendo disparatado pensar que ese, junto con otros, fuera un síntoma del mal que afligía a su regio padre. No gustaba del ejercicio de las armas, fundamental en una época en la que los príncipes se ponían al frente de sus ejércitos como un soldado más, por lo que trataba con desdén a sus ayos e instructores, que se afanaban en darle la mejor preparación, digna de un príncipe cristiano; prefiriendo dar largos paseos a caballo o a pie por los alrededores de Windsor, o ya durante durante el tiempo que compartió exilio con su madre, Margarita de Anjou, cerca del castillo de Edimburgo, o del castillo del Louvre en París. No obstante lo anterior, presentaba arrebatos de cólera completamente incontrolables en los que farfullaba frases en las que amenazaba con cortar cabezas y regar con sangre de traidores la noble tierra de Inglaterra, para después, abruptamente, retornar al estado de melancolía en el que parecía recrearse, lo que era sumamente extraño en un joven recién salido de la adolescencia, y presto por ese motivo a lances amorosos e interminables bailes.

 

Como si la flor de su linaje le hubiera seducido y atrapado irremisiblemente, allá donde residió cultivó rosaledas que, a decir de sus contemporáneos, “criaban rosas tan rojas que parescían tennidas por la mesma Sangre de Nuestro Salvador”. Y en esta labor pasaba largas horas en soledad, porque él se ocupaba de todos los quehaceres relativos a sus rosales y no permitía que ningún criado se encargase de lo que era su afición preferida, a la que se dedicaba con delectación. Tanto fue así que la Roja Rosa de los Lancaster pasó a ser uno de los símbolos de la vieja Inglaterra sin que la dinastía York, ni tampoco los Tudor con su heráldica integradora y acomodaticia, fuera capaz de erradicarla del imaginario colectivo de los ingleses que la adoptaron como una de sus señas de identidad nacional.

 

Margarita de Anjou, su madre, crecientemente alarmada por la violenta reacción que mostraba su vástago cuando alguien de la servidumbre, de manera real o imaginaria, había tocado sus rosas, ordenó que nadie se acercase a ellas so pena de ser degollado, fingida e incruentamente porque no se llegó a ejecutar a persona alguna por ello, como modo de aplacar la terrible ira que asaltaba al joven príncipe de Gales... Pero la reminiscencia de la prohibición, castigada con la vida, sobrevivió y se convirtió en leyenda hasta que un erudito escritor consideró que era merecedora de figurar como pasaje, muy simbólico por cierto, en el cuento que narró a una niña, de nombre Alicia, en el transcurso de una excursión.

 

Pese a todo nunca sabremos si la proscripción fue efectiva, suponemos que sí porque la gente no suele tomar a broma lo que atañe a seguir con vida, mas lo que no se mitigó fue la espantosa guerra civil que desangraba el reino y diezmaba las filas de la nobleza normanda, la flor y la nata de sus soldados. La Casa de York y de Lancaster combatían largamente por la Corona de Inglaterra. La situación se tornó crítica con la prisión de Enrique VI, y la reina Margarita junto con el príncipe de Gales tuvieron que dirigir sus mesnadas en la batalla de Tewkesbury ante el usurpador Eduardo de York, a la sazón Eduardo IV de Inglaterra. Aquello fue un desastre, una jornada infausta, una masacre atroz en la que ni siquiera se respetó a los soldados de la Casa de Lancaster que se acogieron a sagrado en la cercana Abadía, cuyas paredes y tapias presenciaron una carnicería sin cuento, por lo que tuvo que consagrarse nuevamente tiempo después. Confluyeron dos razones, básicamente, para la derrota, al margen de pormenores tácticos: El príncipe de Gales y su madre cometieron el error de dividir sus fuerzas poco antes de la batalla... y la inexperiencia de Eduardo de Westminster frente a los experimentados comandantes que fueron el duque de Gloucester (luego Ricardo III tras un turbio episodio) y el propio Eduardo IV de York....

 

Pero, ¿que pasó entonces con el joven Eduardo de Lancaster, príncipe de Gales?

 

Hay versiones encontradas, alguna radicalmente falsa para llenar de oprobio su recuerdo, como la de que fue ahorcado. Pero siguiendo el hilo de la leyenda, se le contempló perdiendo la vida en un claro de la fronda cercana a la Abadía, cubriendo a los soldados que malheridos huían hacía el recinto eclesiástico para no ser capturados por las tropas yorquistas, a las que intentaba detener espada en mano junto a sus caballeros más leales. Eran otros tiempos, en que los príncipes y generales compartían victoria o muerte, y no se escondían detrás de razones de estados mayores ni en mayores razones de estado. Allí quedó tendido, finalmente fue su sangre la que regó la tierra de la vetusta Inglaterra.

 

En la degollina posterior, en el mismo campo, fueron ejecutados los partidarios de la Casa de Lancaster; el propio Enrique VI fue asesinado en la Torre de Londres y la rama real de la dinastía se extinguió. Sólo quedamos los Beaufort para contarlo y cantarlo, y también para reivindicar sentimentalmente, con el orgullo y la lejanía que dan seis siglos y medio casi, el apellido “Lancaster”...

 

Eduardo fue inhumado en una tumba de la Abadía de Tewkesbury, y allí aguarda el Día que habrá de ser el Último. En las frías noches de noviembre, y también en las templadas de mayo, si uno escucha el estruendo del silencio, sentado en la normanda nave del templo, venciendo todo temor y recelo, aún pueden oírse los chillidos de las espadas al cruzarse y los lamentos de los moribundos pidiendo confesión...

 

Y afuera, un modesto rosal, donde la tradición indica el sitio en el cayó muerto el príncipe de Gales, el único que ha perecido en combate, con las rojas rosas más espectaculares que puedan admirarse.

 

Porque no están teñidas con la Sangre de Nuestro Salvador, pero sí con la del desdichado Eduardo de Westminster.

Debate comenzado por Angel Nevernet_Láncaster , en 10 Noviembre 12:46
Respuestas
jaloque, Lunes, 04 de Noviembre de 2013 22:19
jaloque
Las mejores horas, querida Etelvina, ya que la Historia nos sorprende y nos regala hechos tan maravillosos, llenos de paasiones, valor, miedo, triunfos y derrotas de uno mismo, que nunca podría narrar ni la mente más imaginativa. Yo "vivo" todos esos trozos de historia que van llegando a mis manos, unas veces investigando o leyendo buenos libros (difíciles de poseer) y otras en bibliotecas especializadas cuando las tengo cerca. Con estas magníficas leyendas e historias que nos regala Angel Nevernet se acorta mucho el camino pues nos las deja "en bandeja" en nuestra Web y en los enlaces a las suyas. Es un regalo que no tiene precio y narradas de un modo sencillo pero magistral que captan toda nuestra mente y casi las protsagonizamos junto a él. Yo disfruto cuando me llega algo de Angel Nevernet y me llena de orgullo el tenerle aqui con todo su saber y sus muchos documentos para explicarnos todas estas peliculas maravillosas que han sido reales, mejores que las de Holliwood porque fueron asi, fueron vividas por nuestros antepasados.
 
Etelvina, Lunes, 28 de Octubre de 2013 11:54
Etelvina
Después de una prolongada ausencia por la pérdida de seres muy queridos y prisionera de mis propias emociones, reflexionando sobre el sentido de la vida, me asomé por una ventana de la casita azul mi sorpresa fue encontrar todas estas historias tan bellas e interesantes que Angel Nevernet_Láncaster tan generosamente comparte, historias que aprecio mucho y que podría pasar horas en su lectura. Un fuerte abrazo!
 
jaloque, Sábado, 10 de Noviembre de 2012 12:58
jaloque
(Disculpad que se cortó el mensaje) Bien sabes, amigo Angel, lo que te admiro y mi enorme interés en tus conocimientos sobre la muy antigua y heráldica Historia que atesoras de tus ancestros. Es dramática, llena de episodios interesantes, muy antigua y apreciable por no estar precisamente difundida en libros al alcance de la mayoría. lo que la hace mucho más escasa y valiosa. Tenemos la gran oportunidad de poder conocerla directamente de tus documentos, legajos históricos e informaciones atesoradas generación tras generación que generosamente estás compartiendo con nosotros. Yo personalmente espero con enorme gusto e interés poder conocer todas esas "viejas historias de la Historia" que tú nos vas compartiendo. Este nuevo capítulo ha sido para mi una total sorpresa, no solo por el personaje, tan desconocido para la mayoría de nosotros, sino por el modo en que parece ser que dio su vida, siendo totalmente anti-guerrero, y poco típico como príncipe heredero de aquella época, sino por la curiosa historia de sus "rosas rojas de Lancaster", que terminaron unidas a su sangre en defensa de sus partidarios, tal vez en su único día de "guerrero", frente a la Abadía donde suponían encontrar "asilo en sagrado". Estas historias que nos puedes ir desvelando, agudizan nuestra curiosidad e interés por buscar más y más sobre esta parte de la Historia y sus personajes, que tan poco conocemos y tantos datos se nos escapan perdidos en la niebla del tiempo y el olvido. Mil gracias, amigo Angel Nevernet-Láncaster. Espero con enorme placer seguirlas leyendo de tu puño y letra. Besos
 
jaloque, Sábado, 10 de Noviembre de 2012 12:43
jaloque
" El Hombre puede descifrar su propio Genoma, sin embargo seguirá ignorando las razones de que haya detalles que trasciendan y otros pasen al olvido.... " ¡ Bienretornado de nuevo a esta casita, admirado amigo Angel Nevernet-Láncaster ! Bien sabes lo
 

 

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