III - La Pérdida de España

Hay nombres que quedan señalados para siempre. Como ejemplo puede servirnos que uno tan español como “Rodrigo”, no haya vuelto a ser ostentado desde 711 por ningún rey o príncipe peninsular. Hubo un Rodrigo Frolaz, conde de Castilla a finales del siglo VIII, sumido en las brumas de la leyenda por ser anterior a Fernán González. Y un Rodrigo Díaz de Vivar, de feliz memoria. Pero ningún monarca. Es como si esa gracia hubiera quedado indisolublemente unida a la desgracia y a la tragedia. Al mal fario. Tan malo que ninguna reina o princesa, en su maternidad, lo quiso para su hijo.

A menudo, la Historia se viste con ropajes de cuento. Sucesos reales adornados con antiguos mitos y temores atávicos, que de esta forma, logran su más esplendorosa expresión. Esta modesta crónica, tan modesta que no se ha aprovechado de la redonda cifra que se cumplió el pasado año, no va a separar la una de la otra porque el Romance se mezcla con lo verídico y lo onírico con el drama. Y no dejaremos que la verdad, en ocasiones prosaica, quede completamente desnuda… porque es más bella cuando permanece rodeada por la magia y el misterio de las largas sombras que se proyectan sobre trece siglos… Así pues, amigos lectores, caminemos por los vericuetos tortuosos y enigmáticos de unos sucesos que se remontan mucho, mucho tiempo atrás. Cuando se recordaba con añoranza a un gran imperio que abarcó casi toda la Tierra conocida; y sus calzadas y construcciones asombraban, porque las comparaciones siempre han sido odiosas, a viajeros, soldados, herejes, eremitas y a peregrinos. Estamos a principios del siglo VIII, abandonando su primera década, con la sequía y la peste azotando la península…

La Monarquía de Hispania pertenecía a la nobleza visigoda. Oficialmente católicos desde Recaredo, muchos de ellos seguían instalados en el herético Arrianismo y profesaban auténtico odio a la Iglesia Católica, como el propio Witiza, que aparecerá en el próximo párrafo. Siendo germánicos, tenían como norma fundamental el Derecho Consuetudinario, que convivió junto al Romano hasta que Alarico, y más tarde Leovigildo, procediesen a normalizar su fusión. “Consuetudinario” significa que se basaba en la costumbre, y una costumbre de los nuevos señores de la península era elegir a sus jefes. El rey era elegido mediante el voto de la nobleza (sus iguales) reunida como senado y no por herencia. Esta era una reminiscencia que procedía de tener que reemplazar “in situ” al caudillo militar muerto en el campo de batalla para evitar los periodos de vacío de poder que suponía un sucesor demasiado joven, inexperto por ello y débil, por mucho que fuera el hijo del jefe fallecido. La población hispanorromana no era ajena del todo a este aspecto porque los emperadores romanos no siempre eran los hijos de sus predecesores. Lo malo es que ese hábito trajo el “morbus gothorum” (denominado así por el cronista Fredegario): los reyes godos solían caer asesinados por facciones nobiliarias que defendían otras candidaturas, sobre todo antes de Leovigildo.

No sucedió así con Witiza, penúltimo rey godo, que expiró en 710. Había sucedido a su padre, Egica; y albergaba la pretensión de que su hijo Achilla heredase la corona. Un grupo de nobles, reunidos en senado y con suficiente quórum, convinieron que la “dinastía” witizana no tuviera continuidad y eligió al duque de la Bética como nuevo rey. Se llamaba Rodrigo.

Inmediatamente se desencadenó una guerra civil con los partidarios del duque Achillla. Rodrigo era un consumado soldado, un estratega competente y logró asentar su dominio antes de terminar el fresco verano de 710. El despecho de los partidarios de su rival comenzó a estimular la rebeldía de las tribus vasconas y decidieron contactar con unos recién llegados al norte de África. Portaban las blancas banderas con medias lunas de los Omeya y se hacían llamar los “fieles”. Por esas fechas un grupo de 500 soldados sarracenos, dirigidos por Tarif abu Zara, exploraron las cercanías de Gibraltar para comprobar si era cierto lo que afirmaban los derrotados seguidores de Achilla. Sus conclusiones llegaron directamente a Táriq ibn Ziyad que empezó a valorar seriamente algo distinto a la propuesta de los traidores godos. En esto estaban cuando el invierno extendió su frío y blanco manto por toda Europa y, como era costumbre, (y lo fue con excepciones hasta Napoleón), todo movimiento militar quedó en suspenso.

Fue entonces cuando llega a oídos del rey la existencia de una cueva, cuya construcción era atribuida al mismo Hércules. Sus servidores le explicaron que era tradición que el nuevo rey añadiera un cerrojo a la puerta que la cerraba, para conjurar el peligro que aguardaba paciente tras ella. El orgulloso monarca, flamante vencedor de la corta guerra civil, sufre la lacerante picadura de la intriga y espoleado por la curiosidad, ordena que le conduzcan allí para franquear su umbral, porque el rey de Hispania no permitirá que la púrpura capa con la que ha sido investido se vea mancillada por el miedo a lo desconocido.

Así le obedecen sus lacayos que, llenos de temor y malos presentimientos, van abriendo uno a uno los candados que sellan la puerta. La herrumbre y la humedad impiden que los más antiguos cedan a la acción de la llave. Encolerizado, Rodrigo desenvaina y destroza las cerraduras con precisos tajos de su espada. Las esmeraldas y los rubíes de su empuñadura brillan maliciosamente bajo el reflejo de las antorchas y candiles que portan sus sirvientes. Con el último golpe, el postigo se desliza bajo el lamento agudo de sus goznes. El séquito retrocede aterrado porque una corriente de aire helado sacude sus ropajes. El rey Rodrigo, soberbio, arrebata una de las teas a un criado y entra en la estancia para descubrir el secreto. Nada había, las paredes desnudas, ennegrecidas por el paso del tiempo… y una pequeña arca, labrada exquisitamente, formando arabescos y dibujos fabulosos. Y velando su contenido, una diminuta falleba, que la mano del monarca alcanzó con impaciencia para descorrerla a un extremo. Ya estaba frente a sus ojos lo que tan celosamente habían guardado y protegido sus antecesores…

Como la nieve de tan blanco que era, un lienzo tenía pintados hombres armados con arcos, flechas, cimitarras, lanzas y pendones al viento, cabalgando con fiero donaire. Al pie de la tela, se podía leer…

 

“Quando este paño fuere extendido

de luz a la pintura dado colorido,

hombres assí vestidos a Hispania conquistarán,

de gentes e villas sennores serán, e la dominarán.”

 

El valeroso rey no tardó en condenar al olvido el presagio porque conoció a una joven doncella. Florinda, llamada “la Cava” por mostrarse distante e inaccesible a sus pretendientes, era hija del conde gobernador de Ceuta. Rubia como amanecer de estío, de glauca mirada y “blancas e lindas manos”. Se hallaba en la corte toledana para mostrar sus encantos a los nobles y que uno de ellos pudiera alcanzar la merced de llevarla al altar como esposa, sin que ninguno lo hubiese logrado. Mas fue el monarca quien depositó su atención en ella. Lisonjas y requiebros fueron los dardos que Rodrigo lanzó a su corazón para inflamarlo y seducirla, pero Florinda no le otorgó otro galardón que su discreción y respetuoso desdén. La lujuria y el deseo enloquecieron al rey que asedió a la dama cual si plaza a conquistar fuera: no pudo eludirle más. De nada valieron ruegos y lágrimas para que no la deshonrase. Se hizo su voluntad y yació con ella… el mal se había consumado y el remordimiento y los funestos agüeros nublaron la frente de Rodrigo porque…

 

Los vientos eran contrarios,

la luna estaba crecida,

los peces daban gemidos

por el mal tiempo que hacía,

cuando el rey don Rodrigo

junto a la Cava dormía,

dentro de una rica tienda

de oro bien guarnecida…”

 

Llegó la primavera y engalanó Hispania, por entonces mucho más boscosa que ahora. Los mensajeros trajeron noticias alarmantes, las tribus vasconas, instigadas por nobles afectos al duque Achilla, se habían amotinado. El rey abandona Toledo con sus tropas y cursa órdenes a sus comandantes de que sumen sus fuerzas a las suyas para acabar de una vez con las reiteradas revueltas de esos misteriosos “adoradores del fuego” que se ocultaban en los frondosos montes de aquella remota región norteña, al noreste de la Vardulia. Casi simultáneamente, como se había acordado con los partidarios de Achilla, el general Táriq desembarcó al pie del peñón de Calpe, que ese era el nombre de lo que, en lo sucesivo y como homenaje, vendría a denominarse “Yibal al Táriq” (“la montaña de Táriq”) quedando anclado en español como “Gibraltar”. La ayuda del conde don Julián, padre de Florinda, fue fundamental porque sus barcos y naves transbordaron hasta casi diez mil soldados sarracenos. Gracias a su traición se pudo consolidar una cabeza de puente en los alrededores de Gibraltar, Tarifa y Algeciras (antiguamente “Carteia”) que estaban particularmente desguarnecidas porque Rodrigo había desplazado sus fuerzas hacia el norte para sofocar la insurrección vascona.

Los visigodos eran los godos más romanizados. Puede que por ello concibieron su sistema defensivo a imagen y semejanza del romano, con un sistema de fortines protegidos por empalizadas, estratégicamente ubicados y comunicados entre sí a lo largo de la línea que marcaba su “limes” o frontera. Si un invasor copaba o rompía esa línea, el interior quedaba completamente indefenso porque no había otras guarniciones que pudieran socorrer a las aniquiladas y el pánico se adueñaba de pueblas y aldeas. El enemigo podía saquear y avanzar a placer hasta que un jefe militar, con fuerzas reagrupadas, le cortase el paso. Táriq, en cambio, prefirió poner en desbandada las tímidas huestes del conde Sancho, sobrino de Rodrigo, para que difundiese la alarma por todo el reino, recién salido de una guerra civil, fracturado por una herejía inspirada en el Gnosticismo, vivos aún los ecos del Priscilianismo y hostigado por la rebelión en el norte. Sin duda, uno de los primeros ejemplos de “guerra psicológica”. El comandante musulmán, bereber para más información, solicitó refuerzos a Muza ibn Nusayr que se los hizo llegar sin demora. El grueso del ejército ocupante ya sobrepasaba los veinte mil soldados e inició la marcha, pausadamente, hacia Sevilla (Hispalis) por la calzada romana que la unía con Algeciras (Carteia). Táriq sabía que el rey estaba en el norte. No tenía prisa porque presumió que acudiría a interceptarlo con la mayor rapidez que le fuera posible: llegaría cansado y con las fuerzas mermadas. Así que decidió escoger tranquilamente un lugar que le fuera propicio para presentar batalla…

El clamor de la invasión llegó a conocimiento del monarca como las ondas alcanzan la orilla tras una pedrada. Inmediatamente se percató de la seriedad del asunto porque un ejército organizado no era comparable a unas bandas descoordinadas que atacaban y se replegaban como manadas de lobos. Reunió a la flor y la nata de sus nobles, a toda su caballería pesada y emprendieron camino hacia el sur con la máxima premura dejando su cuartel general en Ortola (cerca de Ochandio) con un pequeño destacamento para asegurar aquella marca. Todos los demás infantes disponibles se agruparían e iniciarían la marcha hacía Écija (Astigi) sin tardanza, con el objetivo de liquidar el resto del ejército invasor tras una posible victoriosa batalla en los alrededores de Carmona y Marchena, ya que Rodrigo suponía que tomarían Sevilla para ir luego contra Toledo. El rey no tenía la menor idea de las intenciones del comandante musulmán. Y desgraciadamente tampoco de la traición, seguramente porque uno de los Concilios de Toledo prohibía expresamente que los bandos se aliasen con fuerzas extranjeras para dirimir conflictos fraticidas. Las guerras civiles habían sido casi tan numerosas como los duelos por los difuntos reyes, y no había precedentes de nada parecido desde que los bizantinos se retiraron del sureste peninsular.

El ejército real, tras superar Toledo, fue haciendo levas para ganar consistencia en su improvisada infantería. No le quedaba otro remedio que aceptar la ayuda viniese de quien viniese. Así que no puso trabas a que Ardabasto y Sisberto, hermano y tío, respectivamente, de Achilla, engrosasen con sus mesnadas el ejército que marchaba hacia el sur “magnis itineribus”*. A medida que le llegaban noticias, Rodrigo se sorprendía de la lentitud del enemigo, lo que le llenó de satisfacción. “Si maniobran así en combate”, pensó, “la victoria será completa”. Lo atribuyó al desconocimiento del terreno y a la desafección de la población. Si lo segundo era cierto; no lo primero, porque los nobles traidores, encabezados por el propio duque Achilla acompañaban a los ocupantes.

Achilla y los suyos habían convenido que tras la muerte del rey Rodrigo, (porque era necesaria su eliminación como furibundamente exigía el conde don Julián), se investiría como nuevo rey al duque y tras unas razias sarracenas para cobrarse botín, los musulmanes volverían al norte de África. Eso creían. Finalmente, el ejército real divisó el campamento enemigo. No estaban en marcha, sino que parecían esperarles, lo que inquietó al monarca porque supuso que estarían más descansados que ellos, que habían llegado reventando monturas. Se hallaban muy cerca de un río, de nombre Wadilakka. Un poco más distante existían las ruinas de una localidad romana abandonada, Lacea, muy famosa en tiempo de los Césares por vender aceite y vino a la ciudad que fundó Rómulo. Prudente el godo, decidió observar las fuerzas que invadían su reino e ir laminando su moral con violentas escaramuzas, para darle a entender al jefe enemigo que estaban resueltos a combatir con la mayor ferocidad mientras que los sarracenos tenían la mar a sus espaldas.

A Táriq eso le preocupaba. Una derrota sería el fin porque los irían cazando como conejos al no tener la posibilidad de un reembarque ordenado. La caballería pesada goda era temible, acabaron con Atila, y su potencial devastador cuando cargaba contra el enemigo se había convertido en un mito. De hecho, cuando se cansaron del estatus de “socii" de Roma, esta no tardó en sucumbir definitivamente porque no presentaba el vigor suficiente para defenderse por sí sola al ser víctima de una “tolerancia” mal entendida. Únicamente los Francos de Clodoveo I los derrotaron, pero ya hacía más de dos siglos de aquello y sólo los eruditos tenían noticia de la batalla de Vouillé. Contrariamente, le tranquilizaba que la felonía había anidado entre las huestes del rey… y que algo pasaría en el momento decisivo.

“Ese fildeputa (sic) ha impedido que reinase el hijo de nuestro añorado rey Witiza. Nos vengaremos pasándonos al bando del invasor. Estos sólo buscan los despojos del fildeputa y de sus leales, luego de entronizar a nuestro señor Achilla marcharán por donde han venido”, cuentan los cronistas musulmanes que repetían los achillanos como una letanía, acaso para lavar lo que no era más que una vil traición a su nuevo señor y a su patria. Algunos del campo del rey se pasaron a las filas contrarias. En esto amaneció el Día.

Fue un 19 de julio del año del Señor 711. La mañana refrescó el tórrido aliento de la anterior jornada para volver a castigar todo lo que no se podía sustraer de la ardiente mirada del sol. La temperatura subió rápidamente, los observadores hispanos habían informado de movimientos en el campo enemigo desde la madrugada. Como provocación, los sarracenos les obligarían a luchar en domingo. El ejército real se desplegó junto a la orilla del río Wadilakka, dejando el noreste a sus espaldas y evitando que la luz del sol les deslumbrase en combate. Rodrigo se rodeó de su guardia personal, los fideles regis, los gardingos y los espatarios, entre los que destacaba uno, reservado, decidido y gallardo, de nombre Pelayo, al que la Historia reservaba un lugar de honor. El Wadilakka quedaba a la izquierda del rey, en ese flanco lucharían Sisberto y Ardabasto. El otro flanco, que estaba a Occidente, más alejado del río, le había correspondido dirigirlo al obispo de Sevilla, llamado Oppas. Algo le decía al monarca que no confiase en todos ellos, pero no tenía alternativa. Sin embargo, por instinto, escogió personalmente a los caballeros, los mejores y más diestros, que quedarían bajo sus órdenes directas en el centro de la línea de batalla. Mandó que guiones y pendones ondeasen bien alto. Cuenta la tradición oral que sobre el acostumbrado pabellón rojo que distinguía y acompañaba, desde tiempos inmemoriales, a los hispanos en batalla, ordenó poner una cruz dorada para que todos recordasen la Fe por la que también iban a pelear. Mientras, las tropas musulmanas se habían ido colocando frente a ellos en dirección suroeste, siempre con la ribera del río a un lado. Rodrigó recordó sombríamente el episodio que vivió en la Cueva de Hércules…

Táriq conocía de sobra que sus infantes no soportarían la carga de los hispanos. Solamente disponía de un par de escuadras de caballería, ligera además, ya que los árabes, como los bereberes a causa del clima, no iban a la guerra con gran impedimenta que limitase su movilidad. Así que ordenó a sus arqueros que se colocasen en la retaguardia de sus flancos para sorprender a los Hispanos en medio de un fuego cruzado. Puso cada escuadra de caballería en una ala y a todos sus infantes en el centro de la línea, confiando en que el rey Rodrigo no llegase a alcanzarla siquiera…

El general musulmán, como se tenía por costumbre antes de la batalla, envío dos emisarios para instar al rey, en nombre del Profeta, a que se rindiese. Rodrigo les increpó y les dijo que retornasen a la Mauretania enhoramala. Volvieron grupas e informaron a Táriq. Ese era el momento acordado. Los flancos comandados por Oppas y Sisberto atacaron a traición el cuerpo central hispano, cogiéndolo en una maniobra de tenaza. Muchos, al ver la maniobra, huyeron. Táriq ordenó a sus arqueros que lanzasen sus flechas a discreción contra el campo hispano, sorprendiendo al duque Achilla y su hermano Olmundo. Pero a Táriq no le importaba que los que cayesen bajo las saetas fueran aliados o enemigos, porque todos ellos eran cristianos y no prestó atención a sus protestas. Su guardia obedeció un gesto suyo y rodeó amenazadoramente a los nobles godos traidores, que callaron mientras se percataban de las verdaderas intenciones del general. Pero entonces ya no había remedio.

La situación de Rodrigo era desesperada, bajo un cielo ennegrecido por la lluvia constante de flechas, rodeado y atacado por sus falsos costados, decidió morir matando. Lanzó una carga a la desesperada contra Táriq, que confiaba en su rendición porque le habían contado que era débil de carácter. Ahora tenía a la legendaria caballería pesada goda galopando a la desesperada contra sus soldados de infantería. Mandó que sus escuadras, una en cada ala saliesen al encuentro de los cristianos para frenar, al menos, la tremenda embestida, lo que consiguió parcialmente. La carnicería fue brutal. El rey fue malherido por varias flechas mientras blandía su espada con bravura. Así le vieron con vida por última vez. Hacia la hora nona todo se había consumado. El bochorno dio paso a un cielo plúmbeo, enlutado y el viento agitaba las ramas de los árboles que parecían lamentarse con impotencia. El río Wadilakka vio sus aguas teñidas de rojo por la sangre derramada. Táriq quería encontrar el cuerpo del rey para certificar su total triunfo y apropiarse de su espada. Pero fue en vano. Únicamente hallaron su caballo, cubierto de saetas. Muerto. Dicen que Rodrigo fue arrastrado por la corriente del río. Otras fuentes señalan que un grupo de sus leales soldados logró sacarlo del fragor de la batalla y trasladar sus restos hasta un lejano monasterio en Viseu (actual Portugal), donde recibió cristiana sepultura.

El invasor, victorioso, sabía que la resistencia que podía encontrar ya no tendría cabeza que la dirigiese. Aun descabezada, la hubo. Es falso que el avance musulmán sobre la derrotada Hispania fuese un paseo militar y que la conquista se encajase con indiferencia. Si hubiera sido así, Pelayo no hubiera acaudillado a los suyos en cercana fecha posterior. Pero volvamos a nuestro escenario. El terror sucedió a la noticia, que se extendió por todo el reino como reguero de pólvora. Las gentes enterraron sus pertenencias para que no fueran expoliadas. Los nobles pusieron a salvo sus joyas (como el Tesoro de Guarrazar), los sacerdotes y religiosos emparedaron Imágenes (como la Virgen de la Almudena) y Crucifijos que fueron aflorando según avanzaba la Reconquista. Hubo quienes huyeron al norte, a refugiarse en las montañas que tantos quebraderos de cabeza habían ocasionado a las legiones de Roma. Otros pasaron a la Galia.

Y otros prefirieron negociar con los nuevos señores del reino para salvar la civilización o, mucho más probable, para que su pellejo no sufriese daño. Los musulmanes habían borrado todo vestigio del pasado romano en el norte africano desde el delta del Nilo hasta Tingis (Tánger) y se temía con razón que Hispania pudiese correr la misma suerte. Táriq tomó el camino de Toledo y se topó con la infantería a la que Rodrigo había encomendado dirigirse a Écija. La batalla fue terrible, pero apenas quedan testimonios de ella. Para algunos es el bautismo de fuego de la que, siglos después, fue la Infantería más temible del mundo. Sin el apoyo de una traición, el comandante bereber comprobó lo duro que era combatir a un puñado de hispanos que, habiéndolo perdido todo, lucharían hasta morir para alcanzar la Gloria. Táriq volvió a derrotar a los hispanos, pero sufrió bastantes bajas y su plan de ocupación se retrasó nuevamente para recibir nuevos refuerzos de Muza.

Aquel se había cerciorado de que una contienda en tierra extranjera podría convertirse en una sangría para los suyos; así que, inteligentemente decidió mostrarse ambiguamente “flexible” y asequible a pactos “multilaterales” (“ahd” o “suhl”, según fueran los términos de la capitulación del noble godo o alcalde de la ciudad) para ir socavando una eventual reagrupación y unidad hispana bajo otro jefe. De ese modo obtuvo la colaboración activa de los judíos, a los que se garantizó que nada debían de temer por la nueva situación, a diferencia de los pogromos que habían padecido bajo algún monarca godo. Alcanzó Toledo y oficializó la ocupación de Hispania en nombre del califa de Damasco: era el día de San Martín, miércoles, 11 de noviembre de 711. Los traidores fueron humillados porque definitivamente no se entronizaría a su pretendiente. Despreciados, visitaron a Muza “escoltados” por los musulmanes para manifestar sus quejas. Pero Muza no les recibió. Les comunicó por escrito que esa decisión correspondía al califa en persona y que lo mejor sería que viajasen a Damasco para solicitar audiencia. Un viaje de meses, quizás años, del que no regresarían.

Envidioso de los éxitos de su general, Muza decidió ponerse al frente de su propio ejército y relevó a Táriq que quedaba a sus órdenes. Ofertando pacto o terror fue doblegando a los descabezados hispanos. Sevilla fue largamente sitiada, como Mérida, no se rendirían hasta 715. Teodomiro de Murcia se sometió a cambio de una capitulación que permitió cierta autonomía a su feudo, situado entre Caravaca y Orihuela. El conde Casius de Zaragoza se convirtió al Islam para preservar su poder, dando origen al linaje de los Banu Qasi… Ante un “sálvese el que pueda” como fue aquel, cada cual actuó como lo que era de verdad: caballero, bellaco, traidor o cobarde.

 

Uno de los primeros derrotó en una escaramuza a los invictos sarracenos, en 718 y fue proclamado princeps. Se llamaba Pelayo y su acción inició una titánica labor: recobrar y reunificar Hispania para la Cristiandad… pero esa es otra historia.

 

*Magnis itineribus: A marchas forzadas

Debate comenzado por Angel Nevernet_Láncaster , en 18 Noviembre 11:45
Respuestas
jaloque, Lunes, 04 de Noviembre de 2013 22:08
jaloque
"Hay nombres que quedan señalados para siempre. Como ejemplo puede servirnos que uno tan español como “Rodrigo”, no haya vuelto a ser ostentado desde 711 por ningún rey o príncipe peninsular. Hubo un Rodrigo Frolaz, conde de Castilla a finales del siglo VIII, sumido en las brumas de la leyenda por ser anterior a Fernán González. Y un Rodrigo Díaz de Vivar, de feliz memoria. Pero ningún monarca. Es como si esa gracia hubiera quedado indisolublemente unida a la desgracia y a la tragedia. Al mal fario. Tan malo que ninguna reina o princesa, en su maternidad, lo quiso para su hijo. A menudo, la Historia se viste con ropajes de cuento. Sucesos reales adornados con antiguos mitos y temores atávicos, que de esta forma, logran su más esplendorosa expresión. Esta modesta crónica, tan modesta que no se ha aprovechado de la redonda cifra que se cumplió el pasado año, no va a separar la una de la otra porque el Romance se mezcla con lo verídico y lo onírico con el drama. Y no dejaremos que la verdad, en ocasiones prosaica, quede completamente desnuda… porque es más bella cuando permanece rodeada por la magia y el misterio de las largas sombras que se proyectan sobre trece siglos… Así pues, amigos lectores, caminemos por los vericuetos tortuosos y enigmáticos de unos sucesos que se remontan mucho, mucho tiempo atrás. Cuando se recordaba con añoranza a un gran imperio que abarcó casi toda la Tierra conocida; y sus calzadas y construcciones asombraban, porque las comparaciones siempre han sido odiosas, a viajeros, soldados, herejes, eremitas y a peregrinos. Estamos a principios del siglo VIII, abandonando su primera década, con la sequía y la peste azotando la península…" La Historia está llena de cosas inexplicables, no por la lejanía en el tiempo, que es mucha, sino por la incomprensible naturaleza humana que en toda época y en cualquier pais, hace y deshace sin lógica que nos la explique.
 
Etelvina, Miércoles, 30 de Octubre de 2013 18:52
Etelvina
Un gran post, hay muchos detalles en esta historia que desconocía, aunque no soy de España estoy haciendo una investigación genealógica sobre la ruta que recorrieron mis ancestros antes de llegar a América, pero la información que he consultado no incluye tantos datos como lo narra Ángel Nevernet_Láncaster y debo decir que tampoco son tan emocionantes como aquí se describen. Un fuerte abrazo!
 
jaloque, Sábado, 24 de Noviembre de 2012 19:13
jaloque
Apasionantes estos capítulos de historia y leyenda que nos hacen comprender que todos los paises, reinos y pueblos han vivido su devenir marcado en repetidos y periódicos CICLOS que tienen mucho en común y que se repiten periódicamente con diferencias solo aparentes... / / Les símbolos y los estereotipos siempre se pueden unificar y reconocer, sea la época que sea. La defección, como causa de muchos cambios de la historia, la traición, el egoismo y las pasiones inconfesables siguen siendo las "cuñas" de hielo que resquebrajan grandes montañas de roca sólida. El ser humano continúa siendo "lobo" para el hombre... / Muy interesante saber tantas claves de la historia de la realidad, que la mayoría de las veces se nos escapan, entre las páginas " de aprender para el examen" de los libros de Historia, pero que un día surgen ante nosotros con un aspecto nuevo que nos hace atractivo lo que hasta entonces había sido árido y poco agradable: La realidad de la Historia y la realidad de quienes la protagonizaron, sean del pais que sean. ... / Vivir en un lugar donde Rodrigo es el nombre que más madres pronuncian en el Siglo XXI para llamar a sus hijos,(Burgos) es como una contradicción que hace menos explicable el que en nuestra gran Historia no haya ninguna madre "Real" que haya bautizado a su pequeño príncipe heredero con tal nombre, que por cierto sigue siendo un nombre bello y varonil..... Pero la contradicción es tal que, incluso en el lugar que fue cuna de un Rodrigo tan importante y famoso como Rodrigo Díaz de Vivar, titulado El Cid Campeador ( por cierto, por los musulmanes que ocupaban estos lares y contra algunos de los que luchó) a veces nos deja llenos de estupor constatar que sigue habiendo quienes le atacan en su propia tierra y le denostan por haber luchado, de la misma manera que lucharon todos los guerreros de aquella época, o sea a favor o en contra de un "Señor" o Rey, consiguiendo por ello honores, tierras y patrimonio, ya que entonces no existía ni el ejército oficial ni las carreras universitarias ni las oposiciones a cargos de la administración vitalicios..... Es muy importante que seamos capaces de visualizar el pasado, la Historia, la tradición o la leyenda, desde una apreciación "in situ", tal como era en ese momento y tal como la tuvieron que vivir, padecer o ganar todos los que formaron parte de esa gran aventura que es la VIDA a través de sus recurrentes CICLOS. Ciclos que no son el pasado, pues se repiten inexorablemente a lo largo de los siglos y que demuestran que "QUIEN NO CONOCE SU PASADO ESTA CONDENADO IGNORAR SU FUTURO". Seguramente cierto, que "el que no conoce su HISTORIA pasada está condenado a repetir sus mismo errores". Personajes, los que han salido en este bien documentado Post, altamente implicados en nuestra Historia, de la cual descendemos todos, y que se repite sin remedio en muchos momentos. Termina este Post nombrando al Conde Casio, que se convirtió al islamismo tras la invasión y ocupación musulmana de España, siendo visigodo y católico, cuyos hijos y descendientes fueron llamados los "Banu Qasi" (hijos de Casio) precisamente protagonistas de la novela de un escritor al que conocemos algunos por sus episodios en internet (Facebook), Carlos Auresanz, cuya novela publicó hace poco, con gran éxito y que acabo de terminar de leer. Nuestra Historia es tan compleja que nunca acabaremos de aprenderla, de comprenderla ni de descubrirla. Sigamos descubriendo muchos más secretos y retazos a travçes de estas página que nos ofrece magistralmente documentadas nuestro buen amigo Angel Nevernet Lancaster...
 

 

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