El Retorno de un Rey

Sarraceni evocati Spanias occupant (“Llamados los sarracenos, invaden las Españas”). Así se lee en el Epitome Ovetensis, escrita en el siglo IX. Décadas antes, hacia 831, Alfonso III aclara en su crónica que ob causam fraudem filiorum Uitizani sarraceni ingressi sunt Spaniam (“A causa del engaño de los hijos de Witiza, los sarracenos entraron en España”). ¿Cómo es posible que las legiones romanas tardasen casi dos siglos en someter a los pueblos de la península, y los invasores musulmanes lo lograsen en pocos años? Es una de las preguntas más reiteradas que se formula a los estudiosos de la Historia, y aunque la respuesta es compleja, la fundamental se resume en el enunciado de la interrogación.

Los romanos se enfrentaron a tribus muy diferenciadas cuya estrategia de lucha era la españolísima guerra de guerrillas, y tuvieron que derrotarlas una a una, una tras otra, ayudándose de la traición y de la división entre ellas. Al mismo tiempo crearon unas infraestructuras (calzadas, por ejemplo) que no existían. En el siglo VIII la fusión entre godos e hispanorromanos estaba muy avanzada, (pero no conclusa) y la aceptación de un monarca y una religión para todos ya no era un elemento de discusión. De ese modo, los musulmanes se enfrentaron a un poder único que acababa de salir de una guerra civil, siendo ayudados, precisamente por el bando que había sido derrotado. Se puede afirmar, con rotundidad, que sin esa felonía los sarracenos habrían sido aplastados sin dificultad. Muerto Rodrigo, cada uno se preocupó de sí mismo porque cundió un pánico que sólo era comparable al que sobrevino con la desaparición de Roma. Muchos huyeron, otros resistieron hasta el final (Hispalis-Sevilla y Emérita Augusta-Mérida, ambas cayeron en 715); y no faltaron los que se adaptaron a la nueva situación, bien para sacar partido o por salvar la vida.

Los musulmanes se apropiaron de casi toda la Hispania. Allá donde no llegaron, por desinterés, impusieron tributos en especie o en rehenes, como a los vascones, antaño levantiscos, entonces obligados a entregar anualmente un número de doncellas. Se desentendieron de las cordilleras y del corazón de los impenetrables bosques hispanos (se decía que una ardilla era capaz de atravesar la península sin bajarse de las ramas de los árboles) que se convirtieron en refugio de los nuevos proscritos. Los sarracenos establecieron su cuartel general en Corduba (Córdoba) y repartieron pequeñas guarniciones que se comportaron, en todo momento, como una fuerza de ocupación, ya que la figura del soldado musulmán autóctono, diga lo que diga cierta historiografía, no fue relevante hasta el reino de Granada, en el siglo XIV. El invasor reclutaba sus soldados entre bereberes y mercenarios eslavos porque desconfiaba abiertamente del hispano, obligado a convertirse al Islam o a pagar onerosos tributos por su lealtad a Cristo, que además nunca sería pública, llegando a castigarse con la pena capital en tal caso.

Para cada región fue designado un gobernador. Munuza fue el elegido por Asturias, eligiendo Gegionius (la actual Gijón) como su centro de operaciones. Las fuerzas invasoras preferían el combate en terreno abierto y llano, se puede colegir que Asturias no era su medio ideal. Tampoco se puede decir que tuviera suerte. Para colmo, el gobernador se encaprichó de Ermesinda, hija del duque Fáfila y hermana de Pelayo, un espatario del rey Rodrigo que había retornado a su tierra tras la derrota de Guadalete. Munuza pensó que era una buena ocasión para emparentar con la nobleza goda y enviar a su cuñado como rehén a Córdoba porque andaba calentando los ánimos de la gente con su intolerancia. Mataba dos pájaros con la misma saeta. Con tal fin lo apresó y fijó una fecha para el apasionado enlace, en julio de 717. El gobernador no contaba con el coraje de su forzado cuñado y cuentan que se encolerizó cuando le informaron de que había escapado. Audaz Pelayo, como demostraría en toda ocasión, consiguió ver a su hermana para censurar su mansedumbre antes de cruzar el río Piloña (su Rubicón personal) siguiendo la larga y honrosa tradición española de echarse al monte. Desde entonces se ofrece una recompensa por su cabeza, según testimonio de los cronistas árabes, que a raíz de ello le tachan de “asno salvaje” y de “bandolero sin escrúpulos”. Pero era la muestra de la impotencia de los ocupantes porque Pelayo conocía perfectamente la geografía de su tierra y sabía que no podrían tenderle una celada.

Esa noticia era lo que necesitaban los dominados y humillados hispanos de los alrededores que comenzaron a sumarse a su partida. Se presentó en un semiclandestino Concilium (reunión de vecinos) que tenía lugar en Cangas. Reprobó su vergonzosa sumisión al infiel, que permitiesen que el enemigo les robase las mujeres, esposas e hijas para ser carne de serrallo; que prefiriesen pechar por ser cristianos antes que arriesgarse al Martirio; que hubiesen escogido vivir como esclavos antes que pelear como soldados… Se alzaron en armas y Pelayo fue reconocido como su jefe. Comenzaba 718. No habían transcurrido ni siete años desde el Desastre de Guadalete y la postrera derrota de Écija. Alea iacta est… (“La suerte está echada”).

Sin embargo, la vieja nobleza goda que estaba agazapada en el norte de España prefirió especular antes que sumarse a la insurrección. No titubearon por falta de ganas, simplemente no concedían mucho futuro a la partida de Pelayo. Tampoco en la capital del emirato, donde ni pasaba de vago rumor. Las fuerzas islámicas habían recorrido invictas todo el norte de África, siguiendo el camino del sol en muy pocas décadas, y ahora su interés se centraba en superar los Pirineos y dirigirse contra los Francos. Una pequeña mesnada, apenas el número de un par de modernas compañías de Infantería (unos 250 soldados) hostigaba reiteradamente a sus tropas destacadas en un recóndito y agreste lugar de Hispania. Al valí (gobernador de provincia) que dirigía el emirato en nombre del califa le traía sin cuidado porque su afán era penetrar en la Galia desde Narbona, y a tal fin destinaba el grueso de sus efectivos, mientras Pelayo consolidaba sus dominios en los Picos de Europa y rehuía ser tratado como algo más que un simple comandante. Y como tal le reconocían los escasos nobles que se habían integrado en sus filas porque la invicta media luna había sido batida por primera vez…

El valí, en persona, había querido dirigir el asalto contra Toulouse, en 721 y apuntarse un tanto ante el califa estableciendo una cabeza de puente en la Francia sur-oriental que le permitiese, después, dirigirse contra la Lombardía (abriendo el camino a Roma por tierra, como pretendió Anibal) y contra el norte de los Francos. El duque de Aquitania, Eudes, a la desesperada, le venció en Toulouse y se cobró la vida del valí Al-Samah, que murió en el combate y enfrió, temporalmente, las ansias expansionistas musulmanas, cuyo último objetivo era el corazón de la Cristiandad. Cuentan los cronistas que el califa de Damasco, el Omeya Yazid II rompió a llorar de ira cuando le llevaron la blanca bandera de la media luna verde manchada con la sangre del difunto valí. Así que nombró a Anbasa ibn Suhaim-al Kalbi para reemplazarle. Era alguien de su entera confianza, le dio la consigna de que acabase con cualquier vestigio de Cristo en Hispania y que preparase a conciencia la invasión de Francia. Enfurecido, decretó que todos los símbolos cristianos que quedasen en sus dominios debían ser destruidos y sus propietarios ejecutados. Una muestra de la tolerancia islámica.

El nuevo valí llegó a Córdoba a finales del verano de 721 con el propósito de aniquilar, definitiva y ejemplarmente, la resistencia en Asturias y elevar, de ese modo, la moral de sus tropas, deteriorada por su primera derrota en el sureste de Francia. Como no tenía tiempo antes de la llegada del invierno y era hábil estratega, suavizó la medida del califa para neutralizar un levantamiento cristiano generalizado. Organizó una expedición fuertemente armada y entregó el mando a un bereber llamado Alqama, conocido por su crueldad y extremo celo religioso. El obispo traidor Oppas le acompañaría para que instase a los insurrectos a que se rindiesen, en la opinión de que, siendo godo y noble, podría ser escuchado por los rebeldes.

Los cronistas árabes no conceden importancia a la expedición de castigo que tenía que lavar la derrota en Toulouse, pero esa deliberada omisión es la que le confiere su extraordinaria dimensión, sin precedentes en un territorio ocupado por la media luna. Alqama marchó contra Asturias desde la calzada romana que la unía con Asturica Augusta (Astorga) cruzando el Puerto de la Mesa por la calzada de Torrestio. Una vez franqueado, Alqama mandó arrasar todo lo que hallaba a su paso para debilitar y provocar a Pelayo que, inteligentemente, eludió enfrentarse a sus fuerzas en campo abierto, limitándose a replegarse a las montañas y a observarle a distancia. Se jugaban la vida y tenía muy presente la experiencia de la batalla de Guadalete. Finalmente, el comandante musulmán llegó a Gijón y trató displicentemente a Munuza, al que consideraba un incompetente, sin llegar a destituirle.

Alqama recibió información cabal de la situación exacta del campamento de Pelayo y no esperó más: él dirigía más de dieciocho mil soldados y Pelayo no llegaba de lejos al medio millar. Sería rápido y sencillo. Cometió el error de despreciar a sus enemigos por no considerarlos militares, sin saber que cualquier persona armada y desesperada es el soldado más temible. Así se dirigió contra el monte Auseva, iniciando la marcha desde Cangas. Los veedores de Pelayo se lo comunicaron inmediatamente. El comandante cristiano pudo eludir el inminente choque, pero no lo hizo: Hay momentos en la vida que son nuestro testimonio para la Eternidad, y él lo sabía. No huiría más aunque la correlación de fuerzas era de cincuenta enemigos para cada uno de los suyos. Sería victoria o muerte.

Pelayo escuchaba los tambores y chirimías que acompañaban al orgulloso ejército musulmán. Podía ver la media luna verde en albo estandarte de los Omeyas.Incluso pudo distinguir la oronda figura del obispo felón. Ordenó el despliegue de los suyos. Si el enemigo era muy superior en fuerzas, ellos tenían a las montañas como aliados.Y se encomendó a la Santísima Virgen que tenía una ermita en la Cova Dominica desde hacía siglos. No, ya no se esconderían más… a un gesto, previamente acordado, se enarboló la primera bandera de lo que sería la España que nacería ese día: una cruz roja sobre blanco lienzo, el rojo que siempre ha seguido y diferenciado a los soldados españoles en el combate desde antes de la dominación romana, en distintos formatos y diseños; y la Cruz, que si no se ha llevado en la bandera, siempre ha estado guardada en el corazón de aquellos que se han batido por su Libertad.

Ascendió el ejército sarraceno hasta el Cueto (un cerro boscoso cercano) y Alqama contempló los movimientos de los soldados de Pelayo, desde su izquierda, rodeando sus fuerzas. Pagado de sí mismo, le dijo a Oppas que “un hilo no podrá contener a un elefante”, mientras miraba despectivo el estandarte cristiano, y siguió adelante unos centenares de metros más para encerrar al comandante hispano entre él y el monte. Justo donde Pelayo quería que se situase. Se detuvo y alzó la mano en ademán de parlamento, como era tradicional. Había llegado el turno del obispo felón. Sucede que en la Historia de España, a menudo, los representantes de la Iglesia se olvidan de su Magisterio y prefieren arrimarse a los poderosos verdugos de su grey; lo que ennoblece todavía más a los que entregaron la vida por su Fe antes que abjurar… pero dejamos que sea el rey Alfonso III quien nos cuente lo que salió de los labios del traidor…

El obispo Oppas se encaramó a un montículo sito frente a la cueva y habló así a Pelayo: “Pelayo, Pelayo, ¿dónde estás?”. El interpelado asomó a un saliente y respondió fiero: “Aquí estoy”. El obispo le dijo entonces: “Juzgo, hermano e hijo, que no se te oculta cómo hace poco se hallaba toda Hispania unida bajo el gobierno de los godos y brillaba más que los otros países por su doctrina y ciencia, y que, sin embargo, reunido todo el ejército de los godos, no pudo sostener el ímpetu de los ismaelitas, ¿podrás tú defenderte en la cima de este monte? Me parece difícil. Escucha mi consejo: vuelve a tu acuerdo, gozarás de muchos bienes y disfrutarás de la amistad de los caldeos”. Pelayo respondió entonces: “¿No leíste en las Sagradas Escrituras que la Iglesia del Señor llegará a ser como el grano de la mostaza y de nuevo crecerá por la Misericordia de Dios?”. El obispo contestó: “Verdaderamente, así está escrito".

Pelayo continuó reprochándole su intolerable vileza en la batalla de Guadalete, su deslealtad a la Fe de Cristo... y como colofón, una frase para la posteridad que sería cantada por los juglares…

Traidor y muerto será

quien de traidor fiará…

Del Padre cerca, tenemos por buen abogado

a Nuestro Señor Jesucristo, por Él será dado

que de estos paganos el rey quedará vengado.

 

El comandante musulmán dio por acabado el parlamento y resolvió atacar sin más demora porque el viernes (análogo al domingo cristiano) se echaba encima. Era el mediodía del jueves, 28 de mayo de 722. Gritó Alláh achbar ("Dios es el más grande")...

 

Una lluvia de flechas y piedras, lanzadas por los honderos, se precipitó sobre las posiciones cristianas. Estos, conociendo que lo angosto y escarpado impediría cualquier maniobra de los sarracenos, se lanzaron contra ellos desde sus lados cortando en dos el grueso de la expedición de castigo. Viendo Pelayo que el enemigo estaba inmovilizado por no disponer de espacio mínimo para ello, ordenó atacar de frente cargando directamente contra la posición de Alqama, que fue herido de muerte recién comenzada la batalla, dejando desconcertados a sus soldados que se veían acosados desde todas partes por unos rabiosos cristianos… Oppas fue cercado y preso, el terror se apoderó de los musulmanes que se desbandaron en dirección a Cangas. Vae victis!, ("¡ay de los vencidos!") que dijo el galo Brno, no dieron cuartel a los derrotados porque ellos tampoco lo hubieran recibido. Los que escaparon del campo fueron perseguidos y cazados como animales por los vecinos de las poblaciones que se habían visto arrasadas. Fue tal la matanza que aún hoy es posible hallar por las cercanías restos enterrados de los caídos en aquella batalla, y los seculares topónimos de la región dan fe de la carnicería.

 

La victoria de Covadonga hizo que la mayoría de la nobleza hispana, refugiada en Asturias, que se había mantenido al margen de Pelayo para no crearse problemas, acudiera a engrosar las huestes que habían derrotado, en muy desigual lid, a los otrora invencibles invasores. Tanto que se consideró un milagro. Munuza salió despavorido de Gijón: tan atolondrada fue su marcha que se perdió y le dieron muerte en los caminos. Su guarnición reagrupó todos los destacamentos y marchó por el valle de Olalíes con el fin de copar a los cristianos, lo que fue inútil porque todos los cristianos, no solamente los rebeldes de Pelayo, se habían alzado contra el califa en una revuelta que el pueblo de Madrid repetiría, más de mil años después, frente al invasor francés. No hicieron prisioneros. Se puede asegurar, sin ningún género de dudas, que en aquellos días no quedó ni un musulmán vivo en toda Asturias: Deus nobiscum est ("Dios está con nosotros"), era el grito de libertad de todo un pueblo que llevaba diez años sufriendo los atropellos y arbitrariedades del conquistador. Estaban decididos a resistir al precio que fuese y proclamaron que Pelayo era su rey.

El valí recibió la noticia con fastidio. Era la primera vez que perdían un territorio, muy pequeño y aislado sin duda, mas seguía siendo una pérdida al cabo. Dispuso que sus cronistas refirieran el episodio como una refriega aislada y sin importancia y que no se diese publicidad a la derrota, porque el objetivo principal eran los Francos para despejar el camino a Roma. No obstante, la noticia inflamó el deteriorado ánimo de los hispanos que se fugaban para engrosar las fuerzas del nuevo reino constituido por la espada y la Gracia de Dios.

Anbasa murió en 726 tras acosar con toda la dureza que le fue posible a los cristianos y a los judíos, que se arrepintieron de pasadas colaboraciones con los musulmanes. Le sucedería Abd-al-Rahman al Gafiki, por pocos años. El paso del tiempo mostró que el emirato tenía dos frentes abiertos, uno contra los Francos y otro contra los “asnos salvajes” de Asturias. En el primero, el valí se empleó con enorme crueldad asesinando a cuantos cristianos se encontró entre Aquitania y la Septimania. El segundo sirvió para que Abd-al-Rahman no pudiese concentrar todos sus efectivos operativos contra Carlos Martel. El Mayordomo de Palacio, abuelo de Carlomagno, que nunca quiso para sí el título de rey, fue el que consiguió poner punto final a los sueños expansionistas musulmanes en Europa occidental obteniendo la crucial victoria en la batalla de Poitiers (732).

Pero esa es otra historia…

Debate comenzado por Angel Nevernet_Láncaster , en 27 Noviembre 05:02
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